En dos semanas, se han registrado una docena de asaltos en locales de Beade, Matamá, Alcabre y Valadares.

El incremento de la delincuencia habitual está pasando factura a los bares y cafeterías de la ciudad. Solo en las últimas dos semanas, se han registrado cerca de una docena de robos en  locales de hostelería de Matamá, Alcabre, Beade y Valadares, dirigidos en todos los casos a las máquinas tragaperras y registradoras, donde los cacos saben que pueden llevarse como mínimo, de una sola atacada, entre 500 y 600 euros.

Con una media de 17 asaltos al mes en Vigo en lo que va de año y subiendo en relación a 2022, según los últimos datos del Ministerio de Interior, los hosteleros han tomado medidas y han optado por acorazar sus máquinas. Esto ha hecho que en esta última oleada de robos, los ladrones hayan pinchado en hueso en  algunos establecimientos mientras que en otros, ante la imposibilidad de reventar el almacenamiento de monedas  hayan llegado a utilizar mazas para hacer literalmente añicos las máquinas.

La ‘jaula acorazada’ por la que cada vez más hosteleros optan para proteger las tragaperras de estos robos es una estructura hecha de un armazón pesado de hierro y chapa que, dependiendo del modelo, encierra las máquinas a través de una persiana o dos puertas protegidas por candados de un grosor considerable. Además, la jaula se empotra a la pared y se ancla al suelo, haciendo imposible moverla. Este diseño persigue disuadir a los ladrones de entrar en el local, ya que el tiempo que debe emplearse para penetrar uno de estos armazones supone la diferencia entre que las patrullas policiales les puedan seguir la pista –e incluso los cacen ‘in fraganti’–  o que huyan sin dejar rastro.

Uno de los principales proveedores e instaladores de estas estructuras en la provincia es Recreativos Casablanca, desde donde confirman a este periódico que las ventas de esta medida disuasoria son más elevadas que nunca debido al incremento de la delincuencia. Una de estas jaulas cuesta entre 1.200 y 1.700 euros. Se trata de una inversión importante, pero los hosteleros que deciden adquirirla aseguran que se amortiza rápidamente, ya que en cuanto los cacos de la zona saben que las tragaperras quedan inaccesibles por la noche, se lo piensan mucho más a la hora de intentar robar y sus locales dejan de sufrir asaltos con asiduidad.

Solamente este mes de octubre, en Beade y Valadares se han registrado cerca de media docena de robos en establecimientos hosteleros, todos con el mismo ‘modus operandi’: dos ladrones revientan la puerta de entrada con mazas y se dirigen inmediatamente a la caja registradora –donde normalmente no hay nada– y a la tragaperras, la cual destrozan en cuestión de segundos si está desprotegida y se llevan el botín, que normalmente no baja de los 600 euros. En menos de un minuto, salen del local y se suben al coche de su tercer cómplice, que los espera con el motor en marcha.

Cansado de que su local de Beade fuera víctima de varios robos al año por tener la máquina tragaperras a la vista, Ramón tomó hace ya varios años la decisión de blindarla. Esta medida disuasoria funcionó con éxito, aunque todavía sufre robos con fuerza en su cafetería, eso sí, todos ellos sin mayor perjuicio económico que los destrozos que hacen para entrar. El último de ellos, sin ir más lejos, fue el pasado jueves y el anterior, el pasado mes de diciembre. Los dos se saldaron con el mismo resultado: daños en la puerta del local y ladrones frustrados por no poder llevarse nada. “Cuando suena la alarma, saben que tienen poco tiempo. Entonces no pueden acceder rápidamente a las máquinas, que las tengo una en una jaula con candado y la otra empotrada a la pared con una cadena. Y  la caja registradora la dejo siempre abierta y vacía”, explica el hostelero sobre las medidas que ha tomado para evitar robos.