Los libros del urbanista Fernando Abad Vicente (Pamplona, 1952) deberían ser lectura obligatoria en todos los ayuntamientos y parlamentos de España.
Es más, convendría asegurar esa lectura —en voz alta, y por turnos entre los parlamentarios, como se lee el Quijote el 23 de abril— si realmente queremos proteger el territorio, el dinero público, la cultura y la vergüenza de nuestro país ante sus futuros ciudadanos. Intento no exagerar. He reseñado en EL PAÍS todos los libros de Abad y lo preocupante es que se sigan publicando. Eso indica que los expolios que en ellos detalla
siguen sucediendo. Así, la lectura en los consistorios, y en las Escuelas de Arquitectura, sería un acto patriótico sin precedentes porque lo que los políticos y los ciudadanos tendrían que escuchar les resultaría increíble o… los teñiría de vergüenza.
siguen sucediendo. Así, la lectura en los consistorios, y en las Escuelas de Arquitectura, sería un acto patriótico sin precedentes porque lo que los políticos y los ciudadanos tendrían que escuchar les resultaría increíble o… los teñiría de vergüenza.Abad —que trabajó como proyectista de espacios dotacionales públicos en Pamplona y en Ciudad de México— al escribir procede con un mismo orden: rastrea datos en boletines oficiales o prensa de todas las ideologías y los ordena demostrando cómo, con distintos nombres de proyectos o promotores, siempre se presenta la conversión del patrimonio público en privado como una ocasión de oro para los ciudadanos y el país.
Al igual que hizo en De Eurodisney a Eurovegas. Un paseo por la geografía de la fantasía y la especulación (Libros de la Catarata, 2014), en La piel de toro como trofeo (Muñoz Moya, 2016) o en Del patrimonio público al privado. El expolio de los bienes comunes (Muñoz Moya, 2020), en su nuevo libro, De Barcelona World a Elyseum City, cuenta tres casos reales que se leen como alucinaciones. Tanto el proyecto del Eurovegas chino, del grupo Wanda en la Comunidad de Madrid, como el Barcelona World —que debía levantarse en Tarragona— o la delirante Elysium City propuesta para la Siberia Extremeña —llamada así por estar lejos de todo— tienen en común un mismo modus operandi.
Lo primero, políticos —del PP o del PSOE— y empresarios —casi todos endeudados, presentes en los papeles de Panamá y ahora al frente de otra empresa— anuncian, a bombo y platillo, los proyectos como el mayor… lo que sea: “Tablao flamenco más grande de Europa” o “uno de los principales proyectos de inversión no de España ni de Europa sino del mundo”. Después llega la información sobre los millones de euros para invertir que, en realidad, se están buscando. Lo tercero es la promesa de un número preciso de puestos de trabajo: 5.421 o 8.903, sin especificar de dónde salen dichas cifras. El nombre de la tipología con la que pretenden llevar riqueza a la zona es: “Un complejo lúdico y familiar”—incluso cuando se solicitan permisos para construir 33 casinos— y aseguran que el juego será algo anecdótico en el complejo. Presumen del cumplimiento de los 17 objetivos de desarrollo sostenible de la ONU sin explicar cómo el proyecto va a erradicar la pobreza o reducir las desigualdades (objetivos 1 y 10) y sin pensar, en medio de tantos hoteles, dónde vivirán los trabajadores que los construyan y gestionen.
Tras anunciar que las obras no tendrán ningún coste para las arcas públicas, empieza la exigencia de modificaciones legislativas que los parlamentos aprueban. Por ejemplo: reducir al mínimo los impuestos de casinos o permitir el juego a crédito. También completar las infraestructuras que necesitan. Esto último, en el tercer caso investigado por Abad en este libro —Elysium City— tendría tintes berlanguianos si no fuera porque estremece aún más lo que pensaban construir en un lugar tan poco poblado declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco: un estadio para 40.000 espectadores, un circuito de fórmula uno y… una previsión de hasta 33 instalaciones para el juego de la mano de la promotora —de Francisco Nochera y Francisco de Borbón— denominada Elysium City Panamá S.A.
Leer a Abad es tan alucinante que resulta cómico. Comprobar que todo lo que describe es real sume en una profunda desesperación.

Fuente: elpais.com





