Poniendo claramente sobre el tapete un tema incómodo, el Papa Francisco ha condenado este sábado la usura, «una plaga que por desgracia está difundida, pero permanece todavía muy escondida» en Italia y otros países.

En un encuentro con el Consejo Nacional Italiano Contra la Usura, en el que participaban personas rescatadas, el Santo padre ha denunciado que «la usura humilla y mata. Es un mal antiguo y por desgracia todavía sumergido que, como una serpiente, estrangula a sus víctimas».

La usura se ha agravado en estos años de crisis económica, en que muchos pequeños empresarios han acudido a usureros, a veces sugeridos por empleados de los propios bancos que les negaban los créditos. Tan solo en Roma hay muchos lugares en que resulta fácil contactar usureros.

Francisco ha insistido en la necesidad de «prevenir la usura sustrayendo a las personas a la patología de la deuda para subsistir o para salvar la empresa», para lo cual se requiere «educar a un estilo de vida sobria» y también «formar una cultura orientada a la legalidad y la honradez de las personas y las instituciones».

Al consumismo y la recesión económica se han añadido como agravantes de la usura la excesiva proliferación de juegos de azar o de apuestas promovidos por Estados y empresas privadas. En los países anglosajones están extendidos sistemas de usura basados en adelantos de dinero metálico a fin de mes.

«Es un pecado grave»

A lo largo de sus 26 años de actividad, el Consejo Nacional Contra la Usura ha rescatado a más de veinticinco mil familias italianas, poniendo a salvo sus casas y a veces la vida de sus miembros, pues un alto porcentaje de suicidios se debe a la desesperación en que terminan muchas víctimas de la espiral de la usura, perfectamente calculada por sus explotadores.

Según Francisco, «la usura es un pecado grave que mata la vida, pisotea la dignidad de las personas, abre paso a la corrupción, dificulta el bien común y debilita la base social y económica de un país».

Con palabras muy duras, ha añadido que «con tantos pobres, tantas familias endeudadas, tantas víctimas de delitos graves y tantas personas corruptas, ningún país puede programar una recuperación económica seria, y ni siquiera sentirse seguro».