actualizado: 19 Nov 2017

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Un casino no pagará los 8,5 millones que le ganó Phil Ivey

El mejor jugador de póquer en el mundo, Phil Ivey, no cobrará los ocho millones y medio de euros que ganó hace cinco años en el casino más viejo de Londres, porque el Tribunal Supremo ha dictado esta semana la sentencia que cierra el caso. A lo largo de 28 páginas, los jueces con rango más elevado en Inglaterra elucubran sobre qué es engañar o sobre cómo decidir que algo es deshonesto.

Ivey es un californiano de cuarenta años que ha ganado una fortuna en partidas y campeonatos de diferentes modalidades del póquer. Antes de que reservase en agosto de 2012 una mesa privada y pidiese una crupier china en el casino Crockfords del barrio de Mayfair, ya había algo extraño en el empeño que había mostrado en los meses anteriores en batir a casinos en un juego estúpido de puro azar.

El Punto Blanco es una variedad del bacarrá. La mano reparte sucesivamente hasta tres cartas en dos pilas separadas- una del jugador y otra del casino- y gana quien se acerque más a nueve. La apuesta se hace antes del reparto de las cartas. El 10, la Jota, Reina y Rey no valen nada. Si dos o tres cartas suman más de diez, se descuenta diez de su valor. Las cartas más deseadas para la victoria son sietes, ochos y nueves.

Ivey había llamado al Crockfords de Londres, que no objetó a su petición de una crupier china, porque la estrella del circuito mundial del naipe llegaría acompañado de Cheung Yin Sun, una mujer del norte de China, de una familia rica, conocida en casinos de Estados Unidos. La señora Sun no habla inglés, explicó Ivey a sus anfitriones.

Los casinos saben que los apostadores suelen ser gente maniática que piden cosas extrañas para atraer la suerte que necesitan. En este caso, Ivey pidió también que el casino incluyese en los dos días que planeaba jugar allí una baraja de la marca Angel, fabricada por una empresa de Estados Unidos, porque le da suerte. El casino incluyó la baraja.

Sun había descubierto que esa baraja tiene una asimetría. La impresión de la pauta de diamantes no termina igual en los dos bordes más largos del reverso de las cartas. Sun se había asociado con el famoso jugador y en los últimos meses habían ganado mucho dinero en mesas de bacarrá. Hace falta tener buena vista para identificar la diferencia, pero la estrategia funcionaba.

El primer día perdieron dinero pero, en el segundo, en busca de ‘cualquier cosa para tener más suerte’, Sun pidió a la crupier en chino mandarín que girase 180 grados los sietes, ochos y nueves antes de meter las cartas en el mezclador automático. Esos nuevos artilugios de los casinos permiten a los jugadores ver el reverso de la primera carta que se va a repartir y a la extraña pareja le permitía identificar si sería un buena carta.

Así ganaron ocho millones y medio de euros y los gerentes del casino entregaron a Ivey el correspondiente pagaré. El día siguiente era festivo, los bancos cerraban, le enviarían el dinero a su domicilio en Estados Unidos. Pero los responsables de Crockfords se encerraron con todos los vídeos grabados por las cámaras de seguridad, que captan también el sonido, para estudiar qué había ocurrido.

Decidieron no pagar a Ivey, que denunció al casino ante los tribunales británicos, célebres por la imparcialidad de sus sentencias. Los jueces no le dieron la razón en instancias inferiores- aunque en algún caso divididos sobre el veredicto- e Ivey mantuvo el pulso hasta la última carta posible, el Tribunal Supremo de Inglaterra y Gales.

La sentencia

“Este es un caso en el que un apostador profesional demanda a un casino por unas ganancias en bacarrá Punto Blanco y que plantea cuestiones sobre el significado del concepto de engaño en las apuestas, sobre la relevancia que tiene en ello la deshonestidad y sobre las pruebas adecuadas para la deshonestidad si es un elemento tan esencial del engaño”, describen los jueces en el primer párrafo de la sentencia.

No había disputa sobre los hechos. El argumento de los abogados de Ivey era que no obtuvo sus ganancias mediante el engaño sino “mediante el despliegue de una ventaja perfectamente legítima”. Incluso tiene un nombre, ‘edge sorting’ en inglés, que se puede traducir como ‘arreglar los bordes’. No podía acusársele de deshonestidad puesto que no acepta que lo que hizo sea una trampa.

Tras exponer los hechos y el corazón argumental del caso, los jueces se van de excursión por la historia de la ley inglesa sobre apuestas, que se remonta al siglo XVII. Cómo se puede definir qué es un engaño es la respuesta que buscan en las leyes sucesivas. Llegan a la conclusión de que para que se cometa en las apuestas el delito de engaño tiene que haber el ingrediente de deshonestidad.

Pero ¿qué es deshonestidad? “La deshonestidad no es un concepto definido como acusación penal”, escriben los jueces. Y añaden con humor: “Como ocurre con un elefante, es más fácil caracterizarla cuando te la encuentras que cuando la defines”. Un juez tiene que ponerse en el lugar de un jurado para decidir qué es la deshonestidad, dicen.

“Se tiene que preguntar en primer lugar si la conducta es deshonesta para los estándares objetivos de la gente razonable y honesta. Si la respuesta es no, se termina el caso contra el acusado. Pero, si la respuesta es sí, debe preguntarse entonces si el acusado tenía que comprender que la gente ordinaria honesta así lo pensaría”.

En un caso célebre, un hombre al que le dieron más dinero que lo que le correspondía en una casa de apuestas se lo quedó, alegando en el juicio que lo hubiese devuelto a una tienda de comestibles pero que llevarse de una casa de apuestas más dinero que el que uno ha ganado es normal. Su argumento fue rechazado, como en este caso de Ivey.

Los jueces del Supremo avalan la opinión de un magistrado en el Tribunal de Apelación. Si Ivey se hubiese aprovechado de la asimetría de las cartas de la marca Angel para tener ventaja en sus apuestas contra el casino, no habría cometido una falta. Pero lo que hizo, con la ayuda de su cómplice, Sun, fue engañar a la croupier, a la que persuadieron para que alterase la forma de ordenar las cartas, convenciéndola de que era algo inocente cuando ellos sabían que alteraba el juego a su favor.

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